VideoPink

por: David Paredes

Cuando los cronopios van de viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han marchado, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos o les cobran precios altísimos. Los cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: ‘La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad’. J. Cortázar. Historias de cronopios y de famas.

I

De las ciudades me intrigan los sectores peligrosos, las penumbras que invitan a sospechar y a temer, esos recónditos escenarios donde la gente se ocupa de sobrevivir y el humanismo parece una ñoñería impracticable. Pero soy cobarde. La mayoría de veces, sólo me acerco y fantaseo.

En Lima, por ejemplo, tomé una combi que me llevó hasta Villa María del Triunfo –el barrio periférico donde fueron reubicadas algunas familias víctimas del conflicto armado–, me apeé y disfruté la maravillosa vista de la ciudad antes de, sin atreverme a recorrer las calles, poco después, abordar otra combi que me llevara de vuelta al hotel. En La Paz, acepté la oferta de una hotelera del barrio Villa Fátima y me quedé en una especie de baño acondicionado para dormir. Desde cierto punto de vista, ese lugar era inhabitable, y lo era también el barrio; por eso debí aplazar la curiosidad y quedarme encerrado hasta la mañana siguiente. Lo mismo hice en Cartagena, ciudad donde fui a parar a un burdel de Getsemaní, amedrentado por todo lo que me habían dicho sobre el sector y por el hedor que dejaba el reflujo de las alcantarillas. En Barranquilla preferí otear el parque Universal desde el balcón; escuché motos de policías, disparos, gritos. Ni siquiera tuve valor para salir a cenar.

Algunas personas dirán que la prudencia es una virtud, pero a mí me parece pura falta de carácter. Durante un tiempo aprendí a moderarla con sustancias y así creí superar mi “neurosis auto-conservadora”. En El Charco no sólo anduve a la madrugada por las calles infestadas de “actores armados”, sino que también me lancé al río Tapaje y nadé como perro vapuleado pero contento. En Cusco me colé en una fiesta y luego terminé dizque bailando salsa en un bar central de inconfesable reputación. Volví a Lima y anduve “virao” gracias a la extraña sustancia que me vendiera un chileno. Volví a Cartagena y perseguí la sombra de Jattin. Volví a Barranquilla y renegué de mi cordura frente a una pequeña multitud de alucinados. Etcétera.

Pero, a decir verdad, la no acción por cobardía y la acción por beodez equivalen en tanto ausencias. Conocer de cerca y luego no recordar es lo mismo que nada. Mejor dicho: en todas estas experiencias ha existido una barrera entre las ciudades y yo, y me ha quedado tan poco por contar como si no las hubiera visitado.

II

Sólo una ocasión fue diferente: la primera vez que visité Bogotá. Para viajar, Fernanda, El Gordo y yo encontramos pretexto suficiente en un seminario de cine que habría de impartir Víctor Gaviria. Fernanda había estado muchas veces en esta ciudad y no esperaba encontrar nada nuevo, sólo le importaba el seminario. El Gordo tenía muchos motivos para hacer el mismo viaje, pero era sabido que no asistiría al seminario (creo que viajaba en persecución de un cariño afortunadamente correspondido). Por mi parte, el seminario me despertaba gran interés, aunque también quería pasear.

Así como eran diversos nuestros pretextos, habrían de serlo también nuestros destinos. Yo me hospedaría en casa de Lucho, mi amigo. El Gordo no tenía más que buscar un hotel económico, o eso había dicho. Fernanda era la única que había recibido apoyo económico por cuenta de la Universidad y, aparte, contaba con el hospedaje ofrecido por un familiar.

III

Son las diez de la noche de este domingo de abril. El viaje termina con un suspiro del conductor: “Servidos, señores. Llegamos a Bogotá”. El único despreocupado es El Gordo. A Fernanda y a mí nos parece que llamar a nuestros respectivos anfitriones resulta demasiado incómodo. Peor sería llegar de sorpresa. “De todas maneras –dice Fernanda– debo entregar a la Universidad las facturas de mis gastos. Si quieren quedémonos esta noche en un hotel; yo pago mi hospedaje y el de uno de ustedes. Pido en el hotel que me hagan las facturas con diferente fecha y listo, las legalizo”. Aunque no seamos muy amigos de Fernanda, negarnos a ser cómplices del fraude implicaría, para mí, gastar mucho dinero en taxi, y para El Gordo, perder la oportunidad de ahorrar el costo de una noche de hospedaje.

Fernanda nos dice que la sigamos, aborda un taxi y da al taxista la orden de ir hasta un hotel ubicado en La Candelaria. Cuando llegamos, habla con el recepcionista y le hace una propuesta. Él no acepta. “Vamos a buscar otro –dice–, este está muy caro”. Vamos a tres, a cuatro lugares. El Gordo y yo nos quedamos en la puerta de cada hotel, esperando a que Fernanda haga negocios.

Adentro, el botones espera clientes; afuera, un habitante de la calle revuelve la basura, insiste, se resigna y retoma su peregrinación sin dejar de estudiar cada centímetro de suelo, acaso para encontrar monedas, colillas o lámparas con genio. En lugar de eso, encuentra nuestra mirada y se acerca para pedirnos “una colaboración, cualquier cosa”. “No, amigo –le dice El Gordo–, no tenemos nada… ah, espere; si quiere le puedo regalar un peche”, y el joven, como si la oferta fuera lo mejor de su día, sonríe. Es un hombre de veintidós o veinticuatro años. Pese a que deambula con tanta confianza y aparenta no tener miedo, exhala una tremenda fragilidad.

Son las once y media de la noche. Fernanda parece desesperada; dice que el hotel más económico es el de cuarenta mil pesos, pero que no podemos entrar tres personas en una habitación. Nos propone un trato: “paguen cada uno su hospedaje y yo les invito el almuerzo de mañana”. El Gordo y yo nos miramos. “Oiga, ¿usted no sabe dónde podemos encontrar un hotel barato por este sector?”, pregunta El Gordo al habitante de calle. “Claro –contesta– vengan, vamos; dos cuadritas más allá pueden encontrar uno barato”. Se adelanta y lo seguimos. Fernanda se queda rezagada y parece que espera una explicación. “O paguen treinta y yo les pongo los diez restantes a cada uno”, propone. Le digo que vayamos a ver el lugar bajo la condición de que, si no nos gusta, regresamos por el mismo camino.

Para identificar la disposición de cada persona a la hora de viajar, no hay nada tan elocuente como su equipaje. El Gordo tiene un morral en cuyo interior parece que llevara apenas dos o tres camisetas. A mí me basta con uno parecido, pero lo he llenado tanto que hasta reconozco su derecho a abrirse y dejar caer un par de pantalones. Fernanda, además de llevar un morral en su espalda, arrastra la maleta rígida, de rueditas, cuyo rechinar resulta impúdico, desconsiderado con los durmientes de las aceras, tanto que El Gordo se ofrece a cargar la maleta.

El “chirrete” –así les llaman a los vagabundos en Bogotá– iba delante y ahora se vuelve hacia nosotros para hablar como guía turístico: “esta es la calle diecinueve, esto es el centro-centro. Pueden quedarse en este hotel, que cuesta por ahí unos veinticinco mil, pero si quieren puedo llevarlos a uno que está más abajo y ese sí es bien barato. Pueden quedarse los tres en un cuarto y no les cobran más de diez lucas”. “Vamos a ese”, dice El Gordo, e inmediatamente se pone en marcha. Algo me dice que debo consultar, aunque sea con la mirada, a Fernanda. “Vamos y, si no es bueno, regresamos”, me anticipo a sus berrinches. No dice nada, sólo avanza y da resoplidos.

“Este es. Aquí vienen muchos paisanos… ‘paisanos’ nos decimos entre los que andamos por ahí, en la calle. Aquí venimos en la noche a descansar. Bueno, ahí los dejo un momento para que vean si quieren quedarse aquí o en el otro”. El Gordo le agradece y luego habla con nosotros: “¿Qué hacemos?”.

Fernanda mira la fachada de este edificio: cinco pisos, color gris, ventanas cubiertas por dentro con una lámina color habano; mira también el pasillo mal iluminado que termina dentro, muy dentro, en unas escaleras por donde el chirrete ha ido a preguntar si hay espacio para tres personas; mira el letrero sucio que está sobre la puerta: Video Pink; mira la calle, luego el reloj. No sabe cómo negarse ante los argumentos de El Gordo: “Es sólo una noche –dice él– y todo lo que ahorremos hoy nos va a servir para los días siguientes. Al menos yo, tengo el dinero exacto para la semana. Además, ya van a ser las doce de la noche. Mañana nos vamos a las siete. No es mucho”. No tengo un buen motivo para contradecirlo. Fernanda tiene muchas razones, pero tal vez no quiere parecer intransigente. “Bueno –susurra–, quedémonos”.

El chirrete ya está de vuelta. “Entonces, vengan”. Llegamos hasta las gradas y empezamos a subir. En algunos escalones hay personas dormidas y debemos hacer esfuerzos para no pisarlas. Huele a sudor, a mugre, a basuco. En el cuarto piso hay una reja con candado. El chirrete la sacude para que suene y una mujer venga a abrir. “Buenas…”, saluda ella. “Mire, mona, ellos se van a quedar… para que me haga el favor y les preste una piecita, que ahí se quedan con la muchacha”. Seguimos a la mujer por un pasillo largo y estrecho formado por paredes de triplex. Más que habitaciones o “piecitas”, estos son cubículos de dos metros de largo por uno y medio de ancho, descubiertos arriba, algunos con la puerta entreabierta. Se oye camas rechinar, personas roncar, boleros en emisoras mal sintonizadas, peroratas de borracho, risas que las paredes de medio centímetro de grosor no pueden disimular. Avanzamos hasta llegar a un pequeño vestíbulo donde dos mujeres y un hombre miran televisión, y es tal su embeleso que no nos ven pasar, al menos no ellas, porque él echa un vistazo descarado, antojadizo, a los senos de Fernanda.

Hay un candado en la puerta del cubículo y nuestra anfitriona no tiene la llave. Dice que ya regresa y nos deja allí. “¿Qué les parece, paisanitos?”, pregunta el chirrete. El Gordo no se inmuta, sabe a lo que se enfrenta y no le parece tan grave. Desde el vestíbulo, el hombre que miraba televisión asoma la cabeza para ver a Fernanda. Por mi parte, aunque el chirrete me parece confiable, sospecho que pueden acorralarnos en cualquier momento y ponernos un cuchillo en la garganta para robar nuestras cosas. “Lo primero que se llevan es la maleta de Fernanda”, pienso.

El Gordo ha respondido cualquier cosa al chirrete y ahora le entrega unas monedas. “Mire, parce, le agradecemos”. “Bueno. Gracias a ustedes. Que pasen buena noche”. Al tiempo que nos deja allí, aparece la dueña del sitio. “Son seis mil –cobra– y esta es la llave. Guárdenla y me la devuelven mañana”. Abrimos.

Apenas hay espacio para estar de pie al lado de la cama. Esta última tiene un par de cobijas tendidas sobre las tablas. “No hay colchón”, lamenta Fernanda. Está un poco trastornada por las circunstancias, incluso me parece pálida y ojerosa. El Gordo quiere confortarla: “Igual, es un rato, no más”, y mientras dice eso mueve la almohada y descubre un trozo de papel higiénico doblado. Entonces ya nada puede animar a nuestra amiga, tan asustada porque buscamos el rostro de la sordidez y no tardamos en encontrar su más crudo perfil. Fernanda se había demorado mucho, pero finalmente reniega: “No –dice con voz queda–, no, Gordito; no, David. Si ustedes quieren quedarse aquí, quédense, pero yo me voy a la casa de mi tío. No voy a dormir en este basurero”.

Estoy casi seguro de que El Gordo, al igual que yo, fue sacudido por el aspecto de este lugar, y creo que quisiera renunciar, dejar de actuar como el bravucón imperturbable que definitivamente no es, pero dice que se queda y me mira con actitud interrogativa. Digo lo mismo. Acompañamos a Fernanda hasta la salida y allí esperamos a que tome un taxi. Mientras la vemos irse preocupada por lo que pueda pasarnos, El Gordo expone su plan: “vamos hasta la séptima, vemos si hay algo de comer y buscamos a alguien que nos venda mariguana, porque va a estar difícil dormir allí”.

IV

No hemos dormido más de media hora. Aunque el día no acaba de llegar, resolvemos salir de una vez. Tenemos el cuello adolorido por la rigidez de las tablas y estamos hartos del olor a pegante, de los gemidos, de las discusiones y de los boleros con interferencia. Anoche fuimos tan inocentes que le creímos al chirrete cuando dijo “venimos en la noche a descansar”. Teníamos todas las pistas, pero dejamos pasar lo obvio: Video-Pink es un lugar de espesas humaredas, y no precisamente por incendios (o tal vez sí, incendios en la pipa de anónimos prometeos que buscan en el delirio lo que no pueden encontrar en el silencio).

La mujer que viene para abrir el candado de la puerta principal no es la misma de ayer. Sonríe. Está ebria. “¿Descansaron?”. “Sí. Estábamos muy cansados”, contesta El Gordo, pero rectifica su respuesta y la dice entre dientes cuando ya la mujer ha cerrado la puerta a nuestras espaldas: “¿Quién putas va a descansar en ese antro?”.

Caminamos hasta el Parque Santander y tomamos asiento en una banca. Debemos ir hasta la Universidad Pedagógica para inscribirnos al seminario, pero antes conviene desayunar. En el antro ni siquiera pudimos tomar una ducha porque todos los grifos estaban irremediablemente secos. Tampoco fue posible utilizar el sanitario, ni acercarnos, porque era asqueroso (poco menos que el de Trainspotting).

La mañana se nos va en cazar las pulgas que llevamos a bordo. Entonces aparece otro chirrete: “Padrecito: regáleme la liga”, dice con tono y mirada intimidantes que, quizá, corresponden a su repertorio cotidiano. “No, hombre –le contesto– ¡estoy en la inmunda!”. Es obvio que no espero consuelo, pero el chirrete hace su mejor intento: “Uy, no diga eso. Pa’lante, mi hermano, verá que las cosas le van a salir bien”, y me da palmadas en el hombro.

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