viaje a la selva

por: edison quiñonez

Día 1

3:21 a.m.

Estamos esperando el bus que viene desde Cali y habrá de llevarnos hasta Ipiales. Desde allí será preciso ir a Rumichaca, el puente fronterizo, y luego hasta Tulcán. La ruta nos la explica Néstor a Poncho y a mí, pues no tenemos experiencia; él, en cambio, hace este viaje por tercera vez.

9:08 a.m.

Poncho y Néstor han ido a comprar cigarrillos y a preguntar a qué hora pasa el bus que habrá de llevarnos hasta un caserío conocido como Los Dolientes.

Estamos en Tulcán. Llegamos hace veinte minutos. Cuando bajamos del taxi que tomamos en la frontera, sentimos la brisa gélida que nos hizo pensar en café caliente. Pero, poco tiempo después, resulta más conveniente una bebida fría, pues el sol trabaja sin misericordia; hasta parece una broma que, en la plazoleta central, haya venta de bufandas, sacos, polainas, guantes, gorras, todo lo que se puede fabricar con lana gruesa. Se trata de muchas mujeres dedicadas a vender lo que los viajeros compran acaso para la noche o para que, al retornar a sus lugares de origen, les crean que viajaron a Ecuador.

“Lleve el gorro a tres pesos”, me dijo una señora hace cinco minutos. Entonces me di cuenta de que no sé si el lugar al que vamos amerita esta compra. “¿De cuánto?”, pregunté. “Tres dólares no más pues papá porque más tarde hace frío”. Sostenía en su mano un gorro estrafalario, una gran artesanía, razón por la que me animé a comprarlo, y lo habría hecho de no ser porque en ese momento apareció Néstor y me alertó sobre el terrible calor que hace en el lugar al que nos dirigimos. “Allá te va a estorbar hasta el cabello”, dijo. “Además, puedes comprar uno de esos cuando volvamos”.

El bus que necesitamos pasará en media hora. En caso de no abordarlo tendremos que esperar hasta la noche para tomar el siguiente.

9:42 a.m.

No bien terminamos de subir y pagar el costo del pasaje cuando, por desgracia y por una gran coincidencia, intercambio miradas con una mujer que hace pocos años dejó de trabajar en la tienda donde yo solía comprar cigarrillos. Así, de esa manera tan improbable, se entrecruzan las vidas. La mujer va en primera fila y lleva un televisor. Acaso me sonrojo. “Ahora hay alguien que lo sabe”, pienso inmediatamente. Poncho y Néstor ignoran el impase porque no vieron que la saludé con un movimiento de cabeza. Hago como si la coincidencia no importara pero, mientras recorro a tumbos el pasillo, me fijo en los puestos que el ayudante del chófer nos asigna, los de la última fila, y me parece que es un bus interminable. "Todo saldrá bien", pienso o digo, no sé, lo importante es afirmarlo con vehemencia para inyectarme un paliativo contra la incertidumbre.

11:52 p.m.

Un hombre de gran estatura ha subido al bus. Es un militar que no parece oriundo de este país. Miro a mis compañeros. El peligro de ser descubiertos sustituye al encanto que nos producía el paisaje. Tendremos que mentirle al militar para no trastabillar, aunque cabe la posibilidad de que no nos interrogue, pues se ocupa de la mujer que me saludó, le pregunta si tiene la factura del televisor y si lo trae desde el otro lado de la frontera. Ella dice que es colombiana, pero que vive en Lago Agrio. El tipo no le cree. “Si no presenta la factura, le decomiso la tele, señorita” (después de todo, aunque no lo aparentara, sí es ecuatoriano). Deja la advertencia en el aire y continúa con la revisión de documentos. Llega hasta nosotros. “Ustedes son colombianos, ¿no? Permítanme el certificado judicial”. Néstor le dice que hemos viajado para visitar a una tía enferma y que, en pocas horas, estaremos de regreso a Colombia. No sé si el militar se hace el pendejo porque le damos pena o porque sospecha cuál es nuestro destino y no quiere inmiscuirse en eso, o si realmente cree la tonta patraña de Néstor. Nos devuelve la cédula de ciudadanía y dice “que tengan buen viaje”. Cuando pasa por al lado de la mujer que lleva el televisor, ni siquiera la mira.

2:13 p.m.

Llegamos al caserío. Hace calor. De una de las casas, un muchacho, que de seguro no tiene más de veinte años, ha salido haciendo poco ruido con sus pisadas. Nos reconoce antes de conocernos. Es campesino. Es guerrillero. Pensé que íbamos a encontrar a unos señores barbudos como Cano, pero este hombrecito lampiño es bajo de estatura, tiene pómulos prominentes, piel quemada y ojos negros achinados.

Dudo sobre si conversaremos aquí mismo o iremos a otro sitio. ¿Venimos a encontrarnos con él o con alguien más? ¿A qué venimos exactamente? Mientras pienso en esto, sale de la casa una mujer de unos cincuenta años. Se acerca. No recuerdo su seudónimo, ni siquiera lo escuché con atención. Supongamos que se llama Estela.

─Uh, no tienen botas… y son de pie grande ─dice ella con tono de burla. Su compañero entra a la casa y regresa con dos pares de “pantaneras”. A Néstor le calzan inmediatamente. Poncho, el más rollizo de nosotros, las mira y ni siquiera hace el intento de ponérselas; “escoge” ir con sus tenis. Por mi parte, aunque de entrada las botas me parecen pequeñas, intento ponerme una. En efecto, no me quedan. Pero la situación no es tan grave para mí porque siempre utilizo botas, aunque no pantaneras, pero botas al fin, “botas guerreras” dice el joven, como si intentara darme ánimos.

Cuando parece que estamos listos y que vamos a partir, Estela nos invita a pasar a la casa. “Ustedes no han almorza’o”, dice, o pregunta. “Todavía no”, contesta Poncho, y es el primero en entrar.

2:58 p.m.

He venido hasta aquí para conocer el pueblo donde mandan “los de adentro” (también conocidos por la gente como “los del monte” o “los primos”), podría decirse que con objetivos de investigación social. Néstor y Poncho tienen convicción política, acaso curiosidad, afán de aventuras. El problema es que Néstor ha venido hasta este punto, ha tenido reuniones con insurgentes en esta misma casa y, sin embargo, los preparativos para la caminata le toman por sorpresa. No sabemos a dónde vamos y no nos atrevemos a preguntar. No queremos que piensen que somos demasiado novatos. Fingimos naturalidad.

El muchacho que ha venido a encontrarnos nos invita a caminar hacia la parte trasera de la casa. Ya no podemos retractarnos, no podemos perder la venida –que nos la pagaron ellos, los insurgentes– y tampoco podemos demostrar miedo. Para ellos, somos revolucionarios, conspiradores. Tenemos pantalones para hacer esto. Hemos acumulado suficiente inconformidad. Vamos a hacer algo indebido para subvertir el orden de las cosas. O tal vez no vamos a hacer nada de eso y simplemente caigamos en una emboscada del ejército. No sabemos ya en qué creer. Una cosa es ser valiente y contestatario en la ciudad, pero aquí, en plena selva, la revolución es un espectro que pocos han visto campear entre las minas y el olor a muerte.

Empezamos la caminata. El paisaje se despliega. Ahora es posible divisar una deliciosa parte de la gran cordillera. Selva y silencio.

4:41 p.m.

Debemos caminar con mucha atención, pisando donde pisa quien va delante, que en mi caso es Néstor; a su vez, él pisa las huellas del joven campesino. Poncho se queda rezagado. Cuando vuelvo la mirada para saber cómo está, no veo más a mi compañero y ante mis ojos aparece Sancho, el escudero quejumbroso pero convencido, el entusiasta que por momentos quisiera renunciar. Y no podemos dejarlo atrás porque podría poner los pies donde una mina lo haría volar por los cielos. Por esperar a Poncho, he perdido de vista las huellas de Néstor. El guerrillero dice que debemos apurar el paso.

5:29 p.m.

Durante algunos kilómetros, Colombia y Ecuador están divididos por el río San Miguel. Gran parte del tramo debemos recorrerlo a lo largo de una quebrada afluente, por momentos entrando al agua, por momentos bordeándola.

Es fabuloso caminar con los pies mojados y las botas echadas a perder. No hace frío, el aire es tibio. Cuando uno está metido entre dos cordilleras, con la vegetación agreste alrededor, todo lo demás importa poco. La selva es un lugar maternal y maravilloso cuya hostilidad podría ser invento de nosotros los citadinos. Eso sí, el guerrillero dice que el río San Miguel nos dará la bienvenida incrementando su caudal. “Así es con los extraños”, explica, y entonces comprendo que los guerrilleros de esta zona tienen las mismas creencias que los indígenas Nasa. Y eso sucede, en efecto. Llueve deliciosamente y la quebrada crece como crece la impaciencia del guerrillero porque Poncho resbala una y otra vez y no puede mantenerse en pie por más de cinco metros. Tenemos que esperarlo, darle ánimos en serio. El joven guerrillero parece disgustado y asegura que urge apurar el paso antes de que la lluvia nos impida llegar al campamento. Néstor se preocupa, retrocede y me dice que avance mientras se queda esperando a nuestro Sancho para darle algunas instrucciones.

6:00 p.m.

Al parecer, -puesto que avanzamos casi al trote- hemos dejado atrás la zona minada. Estamos cerca del río frontera. Para hacer menos incómodo el silencio de la caminata, aunque también para satisfacer mi curiosidad, le pregunto al guerrillero si estamos en Colombia o en Ecuador. “Estamos del lado ecuatoriano”, dice, “ya vamos a cruzar el río y nos pasamos a Colombia, luego otra vez al Ecuador y otra vez a Colombia”.

No sé cuándo comenzó pero ya está ahí, muy fuerte, el sonido del río. “¿Sí ve? Está crecido”, dice el guerrillero, pero no veo, sólo escucho y camino. Menos de un minuto después, aparece por fin ante nuestros ojos. Es hermoso, violento. Es el tiempo que atropella, que arrastra todo. Es el arrebato de la vida capaz de devorar a la muerte que somos. De hecho, el río parece tan peligroso que seguramente se ha llevado a varios, y algo contiene de cada víctima, contiene un poco de muertos, un poco de vivos, algo que deja escapar todo aquel que entra en el agua, el que la mira y lanza un poco de sí, el que sumerge sus botas para que el río les quite lo que queda de camino. El río suena porque lleva partículas, ínfimas piedras, pedazos de nostalgia, de madera. Pasa cual procesión de muertos, la más escandalosa, y debemos gritar para comunicarnos. “¿Han utilizado tarabita alguna vez?”, pregunta el guerrillero. Néstor dice que sí. Poncho y yo no sabemos qué hacer, nos miramos durante un segundo más largo que los demás y coincidimos en el gran dilema: quisiéramos decir que no, que en realidad somos unos cobardes, pero también quisiéramos decir que sí, y fingir que la vida nos ha enseñado lo suficiente para vivir fuera de casa.

La tarabita, el sonido de la corriente, la posible emboscada, las personas que, al otro lado del río, están paradas junto a la barra donde termina la tarabita, todo es desafiante. Poncho responde afirmativamente y yo sólo me quedo callado; me preparo.

6:23 p.m.

La lluvia no cesa. El primero en pasar por la tarabita fue el guerrillero. Volvió con una cuerda, la misma que fue amarrada a la cintura de Néstor para que pudieran halarlo desde la otra orilla. No hubo contratiempos. Hice lo mismo, que era casi nada: dejarme abrazar por un arnés, aferrarme a la base de la polea y ser atraído por los guerrilleros que reprimían la risa ante mi cara de espanto. Ahora mismo están haciendo lo propio para que pase Poncho, no sin la novedad que a Néstor y a mí nos paraliza pero que a una guerrillera le parece muy graciosa: la cuerda que utilizaban para traerlo se ha roto. “Es que es muy gordito”, dice la mujer a quien acabo de reconocer. Se trata de Estela. No me explico cómo hizo para adelantarse y se lo pregunto, pero esto le causa más risa. Mientras tanto, uno de sus compañeros toma otra cuerda y va hasta donde está Poncho.

7:15 p.m.

Cuando terminamos de cruzar el río, los guerrilleros dejan atrás las sonrisas. “De aquí en adelante no pueden llevar ningún aparato electrónico, mucho menos teléfonos”. Las razones son obvias.

Caminamos por una trocha empinada, todo un suplicio para el buen Poncho quien, a estas alturas, ya no repara en cuánto puede ensuciarse. Lucha contra el terreno escarpado, se agarra de las piedras y de las ramas, entierra sus uñas en el lodo. Néstor y yo padecemos otro tanto, pero seguimos aferrados a la empresa insensata de aparentar dureza. Algo nos diferencia de Poncho: él está resuelto a ser honesto; ha aceptado que su debilidad es legítima porque no somos insurgentes ni campesinos ni indígenas. Nos conocimos en una tertulia. Tenemos oficios corrientes en una revista, en un instituto de pre-icfes, en el departamento de informática de la Universidad. Solemos utilizar el transporte público y, en general, hacemos poco ejercicio. Eso es todo.

Finalmente llegamos a un claro del bosque, ya en la meseta. Se oye un chiflido por parte de los guerrilleros que vienen con nosotros y la respuesta de quienes nos esperan. “Buenas noches. Sigan”, saluda una mujer. Nos invita a pasar a un cambuche donde hay dos mesas, una para las provisiones y otra para los comensales. Luego desaparece entre hamacas y toldillos, y regresa, poco después, acompañada por un hombre pelirrojo. “Buenas”, dice él, “¿cómo estuvo el viaje?”. Contestamos con formalidades inmediatamente opacadas por el informe de Estela, su breve relato en el cual aparecen algunos detalles del paso por la tarabita.

Sólo entonces, mientras ensuciamos con nuestros rostros las toallas limpias que nos prestaron, noto que el grupo está conformado por cinco guerrilleros, es decir, por el joven que nos recogió, Estela y otro que también nos ayudó a pasar el río, además de la pareja que estaba esperándonos aquí, en el campamento. El pelirrojo desaparece por un momento y regresa con tres camisetas secas, dos de las cuales son de la selección colombiana de fútbol. “Me dicen Mono. Estoy a cargo de este campamento. Bienvenidos”. Recita estas palabras como si acabara de darse cuenta de que debía hacerlo al principio. “Pensamos que ya no iban a venir. Ya estábamos descansando”. Y si al principio parecía un poco malhumorado por la tardanza, sonríe al ver el rollo de periódicos que Néstor extrae de su morral y pone sobre las manos de Estela.

8:10 p.m.

La cena, precaria: una papa con un pedazo de carne ahumada y agua de panela. El pelirrojo nos recibe los platos desocupados y los lava. “Ahorita les van a mostrar dónde van a dormir”, dice mientras seca sus manos con la camiseta que trae puesta. En efecto, aparece la mujer que nos recibió y pide que la sigamos. Hay dos camas libres. Una de ellas para Poncho; la otra, para Néstor y yo. No tienen colchoneta, sólo tablas, pero es más de lo que esperábamos. Del espaldar de nuestra cama penden un AK47 y una linterna.

La mujer se apartó por un momento y ya está de vuelta con un cuaderno en la mano. “Vea: dicen que usted escribe… para que haga el favor de escribirnos algo, un mensaje para que lo lean en la emisora”, me dice. Le pregunto cómo se llama. “La voz de la resistencia”, responde. Me refería al nombre de ella, pero no aclaro. Es una mujer atlética, de unos treinta y ocho años, de buen semblante, cabello rizado, ojos negros. Apaga su sonrisa cuando ve que, cerca de nosotros, se encuentra Estela con el otro guerrillero. “Abajo está Chui”, les dice. Sus palabras bastan para que la pareja se ponga en marcha y tome un camino invisible hasta sumergirse en una maraña de lianas y helechos. Entonces los ojos negros vuelven a mis asuntos. “¿Cuánto tiempo se quedan?”. “Sólo esta noche”, respondo. “Qué pena…”. Intrigado por esto último, busco su mirada. “Si se quedaran más tiempo, los lleváramos a hacer polígonos y a conocer un criadero de animales que tenemos por allá, abajo”. No sé qué responderle. “Bueno, lo dejo para que escriba”, me dice, “y si de pronto necesitan algo, mi cambuche es el de allí”.

10:22 p.m.

No se oye más que animales. Néstor y yo no podemos dormir, acaso por la rigidez de las tablas, por el calor, por la insidia de los mosquitos o porque un día normal suele terminar para nosotros a las once o doce de la noche. Los guerrilleros, en cambio, se acuestan a las siete y se levantan a las tres de la madrugada. De modo que nos da risa cuando escuchamos que, en la cama contigua, Poncho empieza a roncar, y no precisamente como un bebé, sino como una bestia en mala posición; reímos casi en silencio, hablamos con levísimos susurros. “¿No te parece raro que estemos riéndonos en esta situación?”, me pregunta Néstor. Pienso un momento. Supongo que lo hacemos por evitar el miedo. “¿Qué harías si, de repente, se escuchara una ráfaga, o el motor de una avioneta? ¿Hacia dónde correrías?”, pregunto yo. Pero es claro que no tenemos ni la más ínfima idea sobre qué hacer.

Estamos a la deriva y lo sabemos, y sabemos también que vinimos hasta este lugar para buscar la financiación del que es, a buen seguro, el proyecto más insensato de nuestras vidas: la elaboración de un documental sobre presos políticos y detenciones ilegales en R***. Para ello, necesitamos equipos, gente especializada, informantes y otros rubros.

Pasamos de la realidad a las historias sobre elfos. Néstor se ha cansado de contarme la interminable y no poco aburrida historia de un hombre joven que debía superar pruebas terribles para poder casarse con su pretendida. Sus nombres, Lúthien y Beren. Ella era elfa; él, un pobre humano. Ella, un ruiseñor. Beren, un manco valeroso.

Día 2

6:09 a.m.

Durante la noche, escuchamos pasos. Un par de veces alguien se acercó a nosotros, levantó el toldillo y nos encandiló con luz de linterna. Nos levantamos hace diez minutos. Lo primero que escuché al despertar fue la queja del pelirrojo: “esos huevones estuvieron riéndose como hasta las once de la noche”.

No tenemos que preocuparnos más que por llegar hasta el mismo rancho donde fuimos recibidos la noche anterior y donde ahora el desayuno está listo. Estela está embelesada con los periódicos. Lee noticias, busca la hoja de variedades, sonríe al ver las historietas. Es como si quisiera leer todo al mismo tiempo. Mientras tanto, Poncho escucha las quejas del pelirrojo. Ambos se alistan para desayunar. Hay huevos revueltos, arroz, plátano maduro, café, arepas y limonada. Si uno quiere, puede alcanzar una de las mandarinas puestas sobre la mesa.

“En serio”, le digo a Estela, “¿cómo hiciste ayer para llegar antes que nosotros?”. Me mira, ya no sonríe, mira al pelirrojo. “Es que hay otro camino”, dice él. Entiendo que hicieron lo posible para impedir que nos ubicáramos o reconociéramos el camino, y lo lograron.

La luz del día permite ver detalles del campamento. Anoche no pudimos ver que, además de las mesas, hay un platón para lavar la loza y un cilindro de gas con su respectiva estufa. Hay también un radio de pilas, un bastón, dos cobijas gruesas. Parece un número reducido de objetos, pero a esto habría que sumarle los toldillos, las armas, la ropa, los impermeables y quién sabe cuántas cosas más. Mañana en la tarde empacarán todo y se irán a buscar otro lugar. “Hacemos eso todo el tiempo”, explica Estela, “nos movemos cada cuatro días, a veces cada semana. Aquí sólo dejamos mesas, camas… ah, y los palos de los cambuches. Pero lo que es el cilindro, la estufa, las cositas para cocinar, todo eso lo llevamos”.

7:55 a.m.

El pelirrojo nos invita a seguirlo hasta una caseta que está a pocos metros del campamento. Es una construcción de madera con techo de zinc. Parece que funciona como bodega, pues hay machetes, costales, un azadón, un tablero con su caballete. Hay también una banca de madera, así que tomamos asiento mientras él organiza el tablero y la tiza.

Recita algunos temas relacionados con el conflicto colombiano: el bombardeo a la llamada República de Marquetalia, el empobrecimiento del campo, la apertura neoliberal de César Gaviria, la conciencia de clase y otros conceptos de Marx, las negociaciones fallidas de los años ochenta… “Muchos de los que estamos aquí somos hijos, sobrinos, hermanos de gente que se salió del monte para hacer la vida sin armas, pero que la mataron por ser de la Unión Patriótica. Miren: a la compañera que colaboró hoy con el desayuno, le mataron al papá y al tío”, dice. Más tarde nos cuenta que Estela proviene de una familia campesina cuyos miembros, cuando algunos empezaron a ser perseguidos y asesinados, se dividieron e ingresaron a diferentes frentes de las Farc. “Como ven, no hay muchas garantías para el campesinado. Si siembra, le compran barato hasta que lo arruinan; si se dedica a [sembrar] la coca, lo fumigan; si se junta con otros para protestar, lo capturan; si intenta defenderse, lo matan. Y lo mismo pasa con los indígenas”.

Termina su discurso invitándonos a ver una ladera cercana, ubicada al otro lado del río. Es verde, pero tiene una mancha gigantesca de color café. “Ahí vivía Raúl Reyes”, comenta.

10:15 a.m.

Luego del discurso adoctrinador, el pelirrojo se retira de la caseta en compañía de Néstor. Este último va a contarle los pormenores del proyecto. Tardan poco. Néstor vuelve y dice que debemos apresurarnos para alcanzar a salir antes de la una de la tarde, hora en que pasa el único bus que habrá de llevarnos de regreso a Tulcán. De modo que caminamos hasta el lugar donde pasamos la noche y, antes de llegar, encontramos a la guerrillera de los ojos negros. En un recipiente de plástico lleva una papaya partida en pedazos. “Los estaba buscando, compañeros, para ofrecerles esta papayita, para que se refresquen”, dice, y busca la mirada de cada uno de nosotros. “Caminar a esta hora es muy difícil… Deberían quedarse otro día, a ver si mañana no amanece tan caluroso”. Néstor toma un pedazo, agradece y continúa su camino. Poncho y yo comemos el resto. “Bueno. Entonces, ya que no quieren quedarse, que tengan buen camino”, dice, y retira la mano extendida con la que iba a despedirse, pues ha notado que estamos untados de fruta.

Llegamos hasta “nuestro” cambuche. Papeles, dinero, llaves y otras cosas que teníamos en el morral están regadas sobre las tablas de la cama. “¿Cómo nos fue?”, pregunta Poncho. “Bien. Muy bien”, responde Néstor sin dejar de ver el reguero.

Nombre cambiado.

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