títeres

por: rayadura

I

Una pendiente pavimentada es la única vía para entrar al complejo barrial del que hacen parte Alameda II y la asociación de viviendas El Común. Es raro que entren carros, primero porque, al cabo del primer tramo, la vía se convierte en callejuelas peatonales y, más arriba, en gradas; segundo, porque son muchos los que tienen miedo de subir hasta la esquina.

Hace un par de años, cuando percibían el cada vez más cercano estertor de las motos policiales, los niños parados en la esquina recitaban la clave: “gacho, gacho”. Las vendedoras corrían a esconder la mercancía, unas en sus casas y otras entre el césped, a un lado del pavimento. Llegaban tres, cinco, siete motos, cada una con dos policías. Buscaban a las vendedoras, pero sólo había mujeres indiferentes sentadas en la acera. Entonces, acaso por descarte, los policías requisaban e interrogaban a los consumidores, les hacían bajarse el pantalón, les gritaban insultos, y no encontraban nada aparte de una pipa cenicienta y una caja de fósforos vacía. Lo de siempre. Las vendedoras se quedaban sentadas sobre la acera o caminaban lentamente; sabían que ningún hombre podía requisarlas. De modo que los policías se resignaban en medio de una situación absurda, como si se hubieran equivocado de barrio, y se retiraban a gran velocidad, perseguidos por la vergüenza. Las mujeres reían y los niños, que habían aprovechado la pausa para jugar montiburra, volvían a desempeñar su función. Al final de la jornada, es decir, a las ocho o nueve de la noche, un niño podía recibir hasta diez mil pesos como pago.

Un grupo conformado por artistas y sociólogos decididos a trabajar con personas de estos barrios creó La Casa Patas Arriba, lugar de puertas abiertas para quienes quieren jugar, cantar, reconstruir la historia del barrio, dibujar, planear caminatas y, en definitiva, construir nuevas formas de relación entre las personas y el entorno. De vez en cuando el grupo de La Casa Patas Arriba instala un proyector en la esquina del barrio y comparte una bebida caliente. En una de tantas ocasiones, los niños gritaron “gacho”, las personas que estaban vendiendo ocultaron la mercancía, los policías llegaron a la esquina y no encontraron nada (volvieron a entrar en escena cuando no les tocaba). Para atenuar su frustración, abordaron a uno de los sociólogos. “¿Qué lleva ahí?”, preguntó el policía. “Un proyector”, contestó el aludido. A continuación, le hicieron sacar del estuche el proyector, los cables, la extensión… Dos agentes le pidieron que permitiera una requisa, pero otro les hizo un gesto para indicarles que no valía la pena. Se resignaron. Se marcharon a gran velocidad.

Hace poco más de un año, los policías llegaron acompañados por el ejército sin alterar el silencio de la madrugada. Roncos y aulladores, desde las azoteas, los perros intentaron alertar a sus dueños, pero estos no se enteraron del operativo hasta que los mazos empezaron a golpear las puertas. Los policías entraron a las casas, encontraron lo que buscaban, capturaron a los padres y a las madres de los niños que, en los días siguientes, dejaron de gritar “gacho”, pues unos se convirtieron en vendedores, otros en consumidores y otros, convencidos de que podían encajar el golpe y continuar, fueron a la audiencia de sus padres al salir de la escuela. Lloraron, se despidieron y empezaron a vivir con sus abuelas y a frecuentar a sus amigos vendedores. El negocio, por supuesto, siguió igual. Los niños se convirtieron en la ley: “neutralizaron” a una consumidora irreverente, amenazaron a los posibles delatores y descubrieron nuevos escondites para la mercancía.

Los que se dedicaron a consumir escogieron el punto más alto de la loma para echar al viento sus mentes, lo hicieron hasta que, poco tiempo después, por el viejo truco de utilizar el desamparo de los niños como argumento de defensa legal, sus madres salieron de la cárcel. Todo volvió al cauce habitual, aunque los agentes de policía se instalaron de manera permanente en la esquina del barrio. En apariencia, la situación ha dado un giro definitivo gracias a la operación militar, pero sólo en apariencia, pues las personas vendedoras se trasladaron a cien metros de la esquina y los consumidores empezaron a tomar una ruta alterna.

La entrada del barrio se ve despejada; quizá por esto, en las últimas semanas ha subido una camioneta de color blanco. El conductor intuye que la amenaza sigue latente, pero los pasajeros, que han vivido toda su vida en este barrio, lo tranquilizan, le aseguran que nada va a suceder. El conductor les cree. Los pasajeros son los niños que hacen parte del grupo de títeres de La Casa Patas Arriba, los mismos que de otro modo estarían a una cuadra de allí, esperando a que suban los espectros para decirles “hablame, que tu voz me encanta” y empezar así el negocio. Pero, en lugar de eso, durante los últimos meses han elegido ir a La Casa para ensayar, para fabricar los títeres y hacer que digan lo indecible, tal vez porque comprueban a diario lo que dice Cristóbal Peláez cuando cita al gran Alfred Jarry: “la ventaja de ser títere es que no termina uno en calavera”.

Dirigidos por Fernanda Guerrero, han hecho un par de presentaciones de la obra titulada “Juanita y el pájaro del alma”. Han sido aplaudidos por sus padres y por otras personas de todas las edades, pues divierten mientras dicen lo que piensan sobre los miedos que los adultos les hemos heredado. Porque hemos creado, con acciones u omisiones, un mundo hostil. Somos ingenuos y hemos perdido muchas oportunidades de reflexionar acerca de la realidad, la infancia, el encierro en el que vivimos, la libertad, los esquemas de la vida cotidiana. Por eso, dichoso sea el niño cuya mano se convierte en el alma de un títere y lo hace cantar I was made for loving you (fui hecho para amarte), y con ello logra poner al mundo entre paréntesis, lo deforma para que empiece a transformarse, todo mientras los policías, en representación del gobierno, la razón y la fuerza, siguen siendo los actores que no asistieron a los ensayos.

II

La incursión de la fuerza policial adquiere sentido cuando, ocho meses después del allanamiento, se da comienzo a la construcción de Torres del cielo, dos edificios residenciales de dieciocho pisos cada uno. Están ubicados al lado de la asociación de viviendas El Común; “son condominios cerrados e incluyen minimarket, salón social, gimnasio, zona deportiva y zona infantil”, según informa el portal web de FCS LATAM CAPITAL (latamcapital.net).

De esta manera se avanza en la ejecución de un plan urbanístico que no es inédito (y en el que, de una o de muchas maneras, han tomado parte las administraciones locales). Dicho plan comienza con el abandono. Las personas que habitan en Alameda II y en El Común percibieron el cambio desfavorable que experimentó su barrio a partir de la primera década de este siglo. Desde el 2001, año en que fue aprobada la construcción de la Plaza del Carnaval, comenzó un desplazamiento de personas que solventaban sus necesidades económicas por medio de actividades ilícitas. Muchas de ellas se trasladaron a estos barrios. A partir de entonces, la situación se ha tornado cada vez más complicada. El Común se convirtió en referente de problemáticas como el microtráfico de sustancias sicoactivas. Alameda II, ubicado junto al anterior, carga con la misma reputación, y el devalúo de los predios afecta a otros barrios que están alrededor (el anticrés anual de una casa de dos plantas en Alameda II oscila entre cinco y nueve millones de pesos).

El interés de empresas constructoras podría parecer una coincidencia, pero los condominios se ubican precisamente en zonas que han experimentado el mismo aciago destino. Y ahora que la problemática y la población ya no son útiles para devaluar predios, la administración municipal genera un nuevo desplazamiento disfrazado de “renovación urbana”. El círculo comercial no termina, pues las problemáticas no se erradican, sólo se trasladan. ¿Dónde estará ubicada, entonces, la nueva zona de tolerancia? Allá, en la periferia, donde al cabo de algunos años tendrá lugar la construcción de condominios con gimnasio y minimarket. Todo esto tiene un nombre: gentrificación.

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