septimazo

por: jacky vargas

17/07/2016

Bogotá. Carrera séptima, centro de la ciudad. Un domingo cualquiera.

fotografia tomada del periodico el tiempo

La carrera Séptima es una importante vía que atraviesa gran parte de la ciudad de sur a norte. En la época colonial fue llamada por los españoles El Camino de la Sal, por ser un corredor que comunicaba con pueblos salineros cercanos. Más tarde se convirtió en el principal centro de encuentro de los bogotanos para “hacer visita” y tomarse un tintico. Algunas líneas de tranvía circularon por ciertos tramos de la séptima. En sus inicios, este medio de transporte era halado por mulas; posteriormente, por un sistema eléctrico (más de cien años después, los sistemas de transporte masivo pasan de ser conducidos a ser administrados por una que otra “mula”, con todo respeto para tan sacrificados y laboriosos animales que prestaron sus servicios en la Bogotá del siglo XIX). A nivel arquitectónico, fueron construidas a sus costados diversas edificaciones de tipo religioso y cultural, muchas de las cuales se mantienen hasta el día de hoy. Hacia el año 2005, se decidió suspender periódicamente por un día el tráfico vehicular por esta vía entre la Plaza de Bolívar y la Calle 26, para permitir que los ciudadanos caminaran por ella y observaran diferentes muestras culturales, medida que se mantuvo hasta 2013, año en el cual se peatonalizó de forma definitiva, permitiendo que aproximadamente 140.000 personas circulen a diario.

Grandes beneficios a nivel económico, ambiental, cultural y social se han hecho evidentes con esta medida, y el septimazo permite encontrar toda clase de historias. Quienes trabajan en esta concurrida vía dan vida y color al asfalto.

“Ochenta y uno, y no me rajo”, repite el hombre de alma joven que hace alarde de sus dotes para la danza. En el momento de escuchar las primeras notas de carranga, suelta su bastón y deleita y contagia con su baile a los transeúntes (humanos y caninos). Su rutina consiste en instalar un modesto sistema de audio y la canasta donde recibe el dinero. Luego, en medio del baile, saca su cédula para demostrar que con sus ochenta y un años sigue enterito.

Dentro del arte callejero se encuentran también las estatuas vivientes, que al recibir algunas monedas “cobran vida” para darte la mano, guiñarte un ojo, hacer uno o dos pasos de baile, o posar para fotos. Durante un recorrido normal por la Séptima puedes encontrar las estatuas de famosos como Carlos Vives, Michael Jackson, Barack Obama, y otras como hombres-robot, soldados, indígenas, llaneros y uno que otro “transformer”. Las estatuas permanecen inmóviles por largas horas, ven pasar la gente, resisten el clima y la indiferencia, son testigos mudos del ajetreo citadino, reciben miradas curiosas o, a veces, son ignoradas por completo. ¿Qué pensarán en esa larga espera?: “Vea, a veces uno piensa en las cosas que hay que hacer, en los recibos, en el arriendo y en las deudas, en lo que voy a llegar a comer, en cuánto debe hacer uno para completar lo del diario. Pero así no es todo el día; también uno mira a la gente, a las muchachas bonitas… A veces no se piensa en nada”, responde Michael Jackson con algo de afán, pues, mientras habla y se reacomoda en su tarima, no deja de mirar a posibles espectadores. Decidí quedarme “estatua” junto a él para pensar en qué pienso cuando pienso que estoy inmóvil. Pierdo el hilo de mis ideas y me dejo llevar por lo que veo: caminantes, todos lo son desde mi perspectiva; caminantes con afán, sin afán; caminantes tomando un descanso, turistas, todos parecieran saber hacia dónde van. Me interrumpe un niño que se acerca y coloca una moneda en la alcancía de nuestro Rey del Pop. Ahora pienso en lo que piensa el niño, quien sonríe al verlo bailar. Al finalizar posa para una foto que toma su mamá y, antes de volver a la inmovilidad, Michael me sigue contando, con tono alegre: “Soy tan bueno en lo que hago, y me camuflo tan bien, que por momentos tengo que moverme para que la gente me vea, bajarme, hacerme el que me acomodo; aprovecho y llamo a mi esposa. Eso los días que vengo entre semana. Un domingo como hoy es cuando se pone bueno, hay harto trabajo y no hay necesidad de hacer maromas para que me vean. Dígame ¿quién se va a parar aquí todo el día a chupar sol y lluvia?… Nadie”.

Vuelvo a mi papel de caminante. Ruidos y olores, colores y formas se agolpan de manera desordenada. Es difícil pensar en algo concreto por más de diez segundos. Me atrae una nueva aglomeración: “Arte en construcción”, pienso cuando veo dibujos hechos con tiza en el suelo. ¿Quién dijo que el pavimento no puede ser un lienzo? Estos artistas embellecen las calles con sus obras a cambio de “lo que los buenos corazones dispongan”. Como esta obra se encuentran muchas más: cuadros diminutos en espejos, paisajes con betún, retratos en carboncillo, caricaturas en quince minutos, entre otros. Dos preocupaciones tienen los artistas: el clima y la policía.

Entiendo su intranquilidad. La normatividad sobre ocupación del espacio público no ha ofrecido alternativas que realmente beneficien a vendedores y artistas. El distrito propone reubicarlos en áreas poco transitadas. Esta “solución” disminuye aparentemente la sensación de inseguridad que tienen algunos transeúntes al ver el andén lleno, pero poco ha dicho la administración distrital sobre las causas de la ocupación del espacio público para realizar trabajos informales (altos y crecientes niveles de desempleo, crecimiento demográfico por factores como desplazamiento, deserción escolar, violencia intrafamiliar, entre muchos otros). Todo esto hace que necesidad y “vena artística” confluyan en quienes buscan y rebuscan sus ingresos en la informalidad de las calles.

Frente a los operativos de desalojo, todos coinciden: “No es justo, señorita”, comenta Jorge, un vendedor de libros y revistas, “cuando hacen esas batidas, hay gente que pierde todos sus productos. Que vengan y hablemos y traigan soluciones viables para todos, pero la única solución que traen es mandarnos a los tombos”. El imaginario es casi una sola voz. Sienten los trabajadores informales de la Séptima que se está violando el derecho al trabajo y, en ocasiones, hasta los derechos humanos, cuando se excede la fuerza por parte de las autoridades. Frente a estas acciones se han venido organizando tanto vendedores como artistas para exigir el respeto de sus derechos fundamentales. Esta es una discusión que no parece tener fin.

Continúo entendiendo un poco más esta realidad y a la vez deleitando mis sentidos mientras transito por la Carrera Séptima. La música es esencial para la caminata, ya sea clásica o rock, interpretada por solistas o por bandas, con amplificación o sin ella. Es imposible no ponerse en modo “videoclip”, sentir que esa canción describe perfectamente el momento, caminar al ritmo de la música, mover la cabeza, repetir el coro y pensarse parte de un video musical, otro de los mágicos efectos del septimazo.

Para una ciudad caótica es necesaria la cuota de humor, saber reírse de uno mismo y del prójimo, sobre todo de este último. Esa es la herramienta que utiliza el cuentero que, haciendo uso de sus habilidades imitativas, recrea el acento de costeños, caleños, paisas, pastusos, rolos, tolimenses y boyacenses. Caricaturiza estereotipos de cada ciudad, formas de caminar, expresiones típicas. Plantea situaciones específicas y muestra cómo actuaría cada hombre o mujer según su región de origen. Es cuestionable aquello de la generalización y el refuerzo de los regionalismos, pero es domingo y estamos en la Séptima. Hoy todo se vale, “Mis Chaticos Queridos”, esto somos, diversidad inherente, respeto por la diferencia. Otra ventaja del septimazo: si no le gusta lo que ve, continúe su recorrido.

Finalizo mi rol de caminante encontrando al “faquir” colombiano, reconocido también como “el hombre que come vidrio”. Atrae a su público con la promesa de ingerir pedazos de vidrio, que es su “acto final”; antes de esto, juega a lanzar al mismo tiempo varios cigarrillos a su boca, a apagarlos con la lengua. Tiene el don de la palabra, hace de su realidad una narración jocosa, cuenta cómo la necesidad lo llevó a hacer de estas maniobras peligrosas su oficio diario. Orgulloso, enseña un volante con un reportaje sobre sus hazañas, luego se acuesta sobre pedazos de vidrios, inserta un cuchillo por su nariz, hace pausas comerciales para pasar con su lata recogiendo el “pago por ver”, y da el consejo de no repetir esto en casa. Después de una larga espera cumple lo prometido, rompe unos cuantos pedazos de vidrio que “baja” con sorbos de café.

Emboladores, vendedores de Calendario Bristol, cantantes en karaoke, los de los juegos de azar, los que tallan su nombre en un grano de arroz, vendedores de libros, gafas, sombreros, películas piratas, fruta, chicharrón con plátano y arepa, el voceador de la prensa, el mimo, todos hacen parte de la comunidad de rebuscadores y artistas que le dan forma y sentido a las calles. ¿Qué sería del septimazo si continúa el desalojo? Con certeza, esta histórica vía perdería su razón de ser transitada.