Primavera tricolor

por: Rayadura

Llevas años sin ir al Libertad. Mientras haces la fila para entrar, escuchas a un aficionado escéptico que dice “con el Pastico ya no se sabe”, como si el fútbol no fuera siempre un encuentro con lo impredecible. El tipo hace un reproche sutil porque han pasado los primeros cuatro partidos y el Deportivo Pasto sigue sin ganar. Puedes ver cierto sinsabor, una alegría incompleta en las caras de los aficionados.

Pasas por la requisa y recorres el pasillo para llegar hasta la gradería. Sales de la penumbra a la luz, del pasillo mal iluminado al golpe de vista que deleita por el verde de la gramilla, por los colores de la tribuna recién pintada o por tantas personas inquietas. Estás en la tribuna occidental, la única que tiene techo y bancos con espaldar. Te parece que es la más llena, la más costosa y la menos fiestera. En la tribuna sur, en cambio, centenares de jóvenes –hombres y mujeres– saltan y cantan a ritmo de cumbia. La norte está casi vacía. La oriental es un reflejo impreciso de la occidental. En fin. El partido está por comenzar.

El estadio (y cuanto sucede en él) está vinculado a la construcción de la identidad regional. Podrías pensar que se trata de un lugar de paso donde miles de personas se reúnen para ver fútbol durante casi dos horas, pero es mucho más que eso: “la segunda casa”, “el fortín”, dicen los hinchas de la tribuna sur. Te parece, entonces, que ellos son los anfitriones, pues no ocupan un lugar, sino que lo habitan. Hace poco más de dos semanas hicieron una minga para pintar la tribuna oriental. Hubo niños, adultos, autoridades, artistas… hasta el director técnico y los jugadores del Deportivo Pasto hundieron la brocha en los tarros de pintura tricolor. Este es el fortín del león dormido y aquí vive la Banda del Galeras. Es un estadio construido, al menos en parte, con el dinero de todos, con dinero público.

El rival de hoy es Patriotas. En los primeros minutos, bajo un cielo nublado, el partido es lento, sin jugadas notables ni posibilidades de gol. A tu lado hay muchos que están desesperados, que regañan a los jugadores y maldicen como si el partido estuviera por terminar. “¡Centro, centro!”, grita una mujer de unos treinta años. Como el jugador no recibe la orden, la mujer se molesta, dice que “empezamos mal”. Resulta admirable esa forma de implicación que protagonizan los aficionados: hablan en plural (“ganamos”, “perdimos”), tal vez porque, mientras los jugadores de dos equipos se enfrentan entre sí, los aficionados entran en disputa con frustraciones personales y colectivas, y se sienten realmente ganadores o perdedores dependiendo del resultado. “¡Centro, centro!”, insiste la mujer cuando el mismo jugador transporta el balón cerca de la línea lateral. Han pasado quince minutos desde que empezó el partido y esta vez el jugador sí golpea la pelota para enviarla hasta el centro del área, cerca del arco rival.

Te has preguntado muchas veces si los jugadores están atentos a los gritos de la tribuna. De hecho, no parece que acataran ni las indicaciones del director técnico, aunque él no solicita ejecuciones precisas, sino tácticas, estratégicas, porque su misión es ver el partido como un proyecto de noventa minutos. El caso es que los jugadores se han dedicado durante la mayor parte de su vida a practicar este deporte. Les da igual, piensas, que una aficionada, desgañitada y furiosa, les ordene correr más o lanzar un centro. La mujer tiene voz aguda y notable, y no es la única que grita.

El centro es seguido por un golpe de cabeza que cambia la trayectoria del balón, y este último no atraviesa la línea de gol, sino que es interceptado por la mano de un jugador de Patriotas. Falta. Penalti. Lo ejecuta Yamilson Rivera. El arquero alcanza a tocar el balón, pero sin fuerza para evitar que entre en su portería. Uno a cero. Ahora “vamos” ganando. Eso no implica que los nervios dejen de estar alterados, pues hay que defender la victoria. La afición se pone más exigente, más lenguaraz. En la tribuna sur, los jóvenes no dejan de saltar y cantar como una legión de brujos que trabajan con alegría. Se les escucha en todo el estadio, se les escucha siempre, con el marcador a favor o en contra, y son los únicos que vendrían a hacer lo suyo aunque Deportivo Pasto estuviera en el último lugar de la tabla de posiciones. Porque si hay un grupo que tenga proyectos a largo plazo es el de los barristas. Los demás, terminado el partido, volverán a su vida cotidiana. Al final de la temporada, los jugadores se irán a otros equipos. El técnico se fue hace cinco años, volvió y se volverá a ir. Los hinchas de “la popular” son los anfitriones porque ocupan un lugar histórico, porque son aficionados de barrio periférico, los pastusos que dedican su juventud –lo más preciado– al sincretismo del que está hecha una barra. (En ella se reconcilia lo extraño y lo propio, melodías preestablecidas con estrofas nuevas, la cumbia villera con el son sureño). Son los “estrato cero” quienes tienen el valor de defender algo tan indeterminado; construyen en la tribuna la identidad de la región; interrogan desde el sur, preguntan si tú y los otros han venido sólo para exigir que los jugadores se esfuercen.

Podrías pensar que, puesto que son profesionales, su condición física les permite jugar en cualquier parte, pero esto no es siempre así. Los jugadores, especialmente los del equipo visitante, se mueven con cautela porque la prisa, a más de dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar, puede tener implicaciones indeseables. La energía malgastada en intentos que no terminan en gol hará falta más tarde. El problema de hoy parece ser que los jugadores del equipo local son los que acusan más cansancio. El tipo que está a tu lado considera que es cuestión de actitud: “lo malo es que siempre hacen un gol y se dedican a defender. Así fue con La Equidad y se perdieron los puntos”. Parece que vendría bien el descanso, y que al Pasto lo salve la campana. “¡Pitalo!”, ordenan y ruegan los aficionados. Norberto Ararat, el árbitro, pita y se termina el primer tiempo.

La segunda parte resulta muy entretenida. No han pasado diez minutos desde que comenzó y ya aparece Cataño –a quien no le había ido muy bien en el primer tiempo–, con un pase al fondo que pone a prueba la velocidad de Wilberto Cosme. Él se apropia del balón, pero deberá librarse de dos jugadores si quiere llegar al arco. Elude a uno y, antes de que el otro le cierre el paso, envía el balón a ras de suelo, y el balón no viaja en línea recta, pues en el camino encuentra una pequeña irregularidad del terreno, una prominencia, y choca contra ella, y el arquero, que ya tenía el brazo extendido para desviar el remate, ve pasar el balón por encima de su mano. Dos a cero. Cosme celebra el gol, pero también su propia resurrección, pues hasta ahora había sido un fantasma sin oportunidades claras, sin protagonismo, y acaba de romper un hechizo de esos que suelen acompañar a los delanteros, y se convierte en el Rey Cosme, efusivo y risueño.

“Ahora sí se van a defender. Siempre hacen lo mismo”, dice el pesimista que está a tu lado. Los incansables de “la popular” siguen con el extraño ritual de saltar entre clarinetes y redoblante. “Pasto, Pasto de mi vida, vos sos la alegría de mi corazón”. De repente, te parece muy extraño que tantos jóvenes canten con ese fervor. El sentimiento que contagian se te cuela por los oídos y te causa un estremecimiento. Recuerdas que Deportivo Pasto sigue siendo un equipo sin mucho presupuesto, subestimado la mayoría de veces, y por eso mismo te parece grande, y empiezas a sentir orgullo, y los ojos se te inundan porque, después de todo, este podría ser el único lugar donde hay una ceremonia tan sincera. “Dar ánimo”, te dices, y piensas en lo que eso puede significar: dar alma, dar vida a lo que es o puede llegar a ser inanimado. Es posible que por eso salten, porque pretenden dar la vida a las banderas, al cemento, y entregar un poco de esa vitalidad a los jugadores.

Los jugadores están realmente cansados, caminan, pero de vez en cuando atacan con fiereza. Los Patriotas de ahora se empecinan como los de antaño (los de Bolívar, los de Nariño), se exigen, pero ahí está el pueblo periférico, el equipo del sur que no tiene mucho dinero para contratar figuras del fútbol colombiano: espera que el rival haga su jugada y entonces contraataca y toma por sorpresa. Así llega un tercer gol, y un cuarto, hasta que por fin el visitante reflexiona y retrocede. En este punto, a falta de quince minutos o menos, Patriotas hace cuanto puede para que no le anoten más goles. Ya no tiene ambiciones, sólo se defiende. Entonces el Deportivo Pasto pone en práctica una nueva estrategia, que ya no está basada en atacar frontalmente, sino en jugar, realmente jugar, improvisar pases y verónicas para que el equipo adversario ni siquiera toque el balón. “Ole”, truena el coro de los aficionados. Patriotas resopla sin arrestos y ningún jugador puede evitar que Harrison Canchimbo, defensa lateral del Deportivo Pasto, dispare al ángulo inferior derecho desde el borde del área grande. Punto final. Cinco a cero.

Vives en la zona ecuatorial y, por eso, ni tú ni el resto de aficionados tienen la dicha de ver las cuatro estaciones del año. Pero debe de haber situaciones equivalentes para que la realidad no sea una sucesión de días iguales. Para los hinchas, por ejemplo, hoy, 21 de febrero de 2017, fue el primer día de una primavera que podría terminar demasiado pronto, la próxima semana.

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