Piratas

por: David Paredes

19/05/2016

No hay autoridades ni testigos. Tres, cuatro, cinco disparos y el protocolo inicial ha terminado. El bus en el que Lorena y yo pretendemos llegar desde Cali hasta Pasto se convierte, de un momento a otro, en el peor escenario para estar a las siete de la noche de este viernes de mayo.

Lorena se despierta sobresaltada. Me gustaría decirle que estaba soñando, que no hay motivos para preocuparse, pero acabo de asomarme al pasillo del bus y he visto el tronco que está cubriendo el ancho de la carretera. “Agáchate. Son disparos”, le digo, y continúo en voz baja: “Pueden ser insurgentes… no creo que les interesemos”.

“Bueno hijueputas; me van a entregar todo lo que tengan o aquí se muere alguien”. Las palabras del pirata son seguidas por un disparo que da contra uno de los primeros asientos, los que están más cerca de la entrada. Lorena y yo estamos atrás. Otro de los asaltantes retira el tronco que sirvió para detener la marcha del bus. Y uno más, poco notable, encañona al conductor. Finalmente, el que se ocupaba del tronco viene corriendo y saca el arma que lleva en el cinto. Todos a bordo.

De nada sirve gritar. Sólo se oye la terrible voz del hombre que vuelve a disparar. En esta ocasión la bala horada uno de los vidrios, cerca de la cabeza de un joven que está petrificado y no responde a las intimidaciones del pirata. La voz de este último parece la de alguien que ha pasado el día gritando.

Cada pirata tiene un estilo propio: el más bravucón viene hacia nosotros, insulta, grita, intimida, encañona; el que subió de último es más paciente: le dice a un hombre que se levante, lo requisa y permite que vuelva a sentarse mientras sigue con otra persona; y el que amenaza al timonel sólo se ocupa de dar indicaciones, “métase por ahí, por la destapada… vaya despacio… no vaya a coger el celular porque le disparo”. Los tres parecen jóvenes, tal vez lo sean. La capucha no permite ver más que los ojos.

El más alterado recorre los asientos obteniendo billetes, joyas y celulares. Se para a mi lado. “¿Pasá lo que tengás?”. Le entrego algunos billetes, algo más de treinta mil pesos. “Dame toda la plata, vos tenés”, insiste. Le digo que no tengo más, que se tranquilice. “Pasá la plata. ¿Te vas a hacer matar por plata? ¿Te vas a hacer matar?”. Le repito que no tengo; saco el celular y se lo entrego. Me responde golpeándome muchas veces con el cañón de su revólver y sólo se detiene cuando le parece que, en otro asiento, un hombre está escondiendo sus pertenencias. Va hacia él. “¿Qué escondés? A ver, hijueputa, sacá lo que tenés ahí; pasá todo, rapidito”. Se trata de un ecuatoriano que, a juzgar por el equipaje colosal que embarcó en Cali, viene de hacer negocios. Su esposa llora y se interpone para que el pirata lo deje en paz: extrae de su sostén un rollo de billetes y se lo entrega. El tipo no se convence, pide más dinero y vuelve a disparar. La bala perfora otro de los vidrios, cerca de la cabeza del ecuatoriano.

En este momento no es claro si el tirador sabe lo que hace, si falla adrede o es demasiado impreciso. De todos modos, su comportamiento es brutal y efectivo en función de nuestro terror. (Es posible percibir el aroma de la adrenalina y sentir, cuando menos, algo parecido a un colapso cardíaco. Todo se detiene. Valdría más decir que se trata de un colapso espiritual, pues uno está echado a la pena, llora hacia dentro, recuerda lo que una bala podría arrebatarle, sufre de antemano. En mi caso, mi pensamiento es ocupado por la imagen de un niño recién nacido, mi sobrino, a quien todavía no conozco. Me pregunto si llegaré a conocerlo).

Las cosas parecen más tranquilas en las bancas de adelante. Atrás, en cambio, el pirata se ha vuelto loco. Vuelve a mi lado y nuevamente me increpa con golpes, como si no recordara que hace medio minuto estuvo golpeándome. “A ver, vos, sacá todo lo que tengas, ¿o te vas a hacer matar? Movete”. Tengo hinchada la sien pero el pirata no se deja persuadir y sigue martillándome con el cañón de su arma. Veo que tiene el dedo puesto en el gatillo. En cualquier momento, por voluntad o por accidente, va a poner una bala dentro de mi cráneo. Estoy perdido –pienso–, me mataron. Ni siquiera deseo que la escena termine pronto.

El instinto, por así llamar a la fuerza de vida, ya no urge. La autoconservación se resume en una mirada al suelo. El pirata está definitivamente perturbado y no puede entender que no tengo nada, absolutamente nada más que darle. Sólo se distrae cuando un pasajero pide que le devuelvan el registro civil del niño que lleva en brazos. Mientras tanto, otros dos intercambian miradas de conspiración, se entienden, uno dice que sí, que es el momento de atacar al pirata, el otro le dice que espere un poco. El bravucón sigue apuntándome pero mira e insulta al hombre que le pide el registro civil.

En los bolsillos del pantalón, en los de la camisa, busco algo más, un billete que satisfaga el apetito del ladrón. Y efectivamente, acaso por los nervios –y por mi costumbre de distribuir el dinero en todos los bolsillos–, he dejado de entregarle un puñado de billetes entre los que se distingue uno de cinco mil y varios de menos valor. El ladrón no me ve. Tomo el pequeño fajo y lo introduzco en la bolsa del asiento delantero. Ahora escondo algo y la estúpida osadía me genera un arrepentimiento inmediato, pero no puedo retractarme. En este preciso momento recuerdo que bajo mi asiento, en mi morral, llevo el computador. Y que me roben todo, menos el aparato al que he confiado tanto trabajo. Pero al robo no puede quedarle mucho tiempo. Estamos en este océano sin miradas, cierto, pero los piratas quieren que todo termine de una vez. No es probable que empiecen a revisar uno por uno los morrales, los asientos y cada lugar que puede servir de escondrijo.

Ya tienen suficiente dinero y objetos de valor, tantos que están buscando un maletín para llevarlos con más facilidad. El pirata toma uno del portaequipajes con la mano que le queda libre. Viene de nuevo; me lanza el maletín. Va hasta donde está su cómplice y le recibe el montón de cosas robadas: arneses, relojes, hebillas, celulares. “Meté esto ahí”, me ordena. Ya no me golpea la cabeza, sino el pecho. “Movete, movete. ¿Te vas a hacer matar? Meté las cosas rápido”. La prisa a la que estoy obligado no me permitió ver que el maletín estaba casi lleno, de modo que meter todas las billeteras, y monederas, y canguros, y todo lo demás, es algo improbable.

Más de treinta pasajeros y tres ladrones me miran. Todos saben que el maletín es muy pequeño para tantas cosas. Nadie se atreve a decirlo. El hombre preocupado por los documentos de su hijo sigue implorando que se los devuelvan. Los que intercambian miradas saben que su plan podría implicar mi muerte o la de otro pasajero. Esperan el momento preciso. Por mi parte, sigo forzando el maletín.

El asaltante le exige a Lorena que me ayude. Ella sabe que es estúpido intentarlo, pero está dispuesta a evitar que me maten. Insiste. Insistimos. Finalmente, sólo un par de objetos quedan por fuera. Cerramos el maletín con mucho esfuerzo y todos lanzamos una exhalación tranquilizadora.

El timonel detiene el navío. Los piratas se lanzan al mar donde sólo ellos pueden sobrevivir, se alejan, se pierden entre las olas con rumbo a la barcaza que los espera. No hay autoridades, no hay testigos aparte de los tripulantes que, durante algunos minutos, seguimos preguntándonos si estamos vivos.

Coletilla: Rosas es un municipio ubicado en Cauca, Colombia, conocido por la desafortunada reiteración de atracos. Según el conductor de uno de los buses que recorren esa vía para cubrir la ruta Pasto-Cali o viceversa, son muy pocos los asaltos denunciados, pues, por una parte, no hay testigos, mucho menos periodistas; por otra, las autoridades no saben qué hacer. A veces hay grupos de policías en la carretera, pero entre grupo y grupo hay tanta distancia que no llegan a percatarse del atraco. En vista de la situación, los chóferes de las diferentes empresas han optado por cuidarse entre sí. En cierto punto del trayecto, se reúnen y forman una caravana que se mantiene unida mientras dura el paso por Rosas. La estrategia funcionó durante un tiempo. En diciembre del 2015, uno de los pocos asaltos registrados fue el experimentado por la caravana entera, abordada por un grupo numeroso de hombres que, según Mario Fernando Prado , autor de la nota periodística, portaban armas de corto y largo alcance.