metástasis

por: ricardo eraso

En las entrañas de la tierra moraba un hongo que recibió la visita de las algas marinas. De tal asociación emergió una nueva forma de vida, la de las plantas terrestres, pues los hongos y las algas establecieron un pacto de ayuda mutua para colonizar el planeta.

Pero antes de las algas y los hongos, venido desde la nada infinita, llegó el asteroide cargado de carbono, ácido fórmico, nitrógeno y otros elementos esenciales para constituir la base de la estructura genética conocida como vida. El carbono está en diamantes, lápices, petróleo, acero. De la mezcla de este elemento con oxígeno resultan gases casi inofensivos, peligrosos si la concentración es muy alta. El dióxido de carbono es uno de ellos, y es fundamental para la estabilidad de la biosfera terrestre, pero su abundancia ha generado un desequilibrio conocido como Calentamiento Global; se concentra cada vez más en la atmósfera y dificulta la fuga natural y necesaria de la energía térmica que irradia el planeta. El calor se acumula lo suficiente como para fundir el hielo, afectar cultivos y aumentar o disminuir –según la locación– el nivel del agua.

El carbono tiende a mezclarse con el agua de los océanos y estos se vuelven más ácidos, hasta el punto de ser cada vez menos habitables para algunas especies marinas. La cantidad de dióxido de carbono emitida por actividades humanas (entre otras, el uso de combustibles fósiles) ha llegado a ser tan desmesurada que no tiene parangón en decenas de millones de años. De esto se deriva el fenómeno de calentamiento y el aumento del nivel de los océanos por cuenta del deshielo. Pero además de la emisión de dióxido de carbono, existen otros factores que contribuyen al aumento de la temperatura global, como la tala de bosques, que implica la reducción del número de organismos vegetales que captan el dióxido de carbono y lo transforman en oxígeno. Sin embargo, este proceso también tiene matices. No todos los árboles cumplen esa función, y los hay que, en cambio, contribuyen a aumentar el calentamiento. De esto se deriva la necesidad de invertir cada vez más recursos en estudios y acciones paliativas pertinentes. Existen posibilidades remotas de que una bacteria genéticamente modificada convierta dióxido de carbono en metano (combustible) y que, por tanto, llegue a ser relevante en la recuperación del equilibrio atmosférico. Las investigaciones están en curso. La ciencia es costosa, y es un primer paso.

En 2015, luego de once días de conversación entre ministros de ambiente de todos los países, se estableció un acuerdo para mitigar la emisión de gases de efecto invernadero. Este compromiso internacional (conocido como Acuerdo de París) tiene, entre otros, el objetivo de limitar el incremento de la temperatura global a menos de dos grados para el año 2100. Se trata de una acción mínima, “poco ambiciosa”, según reconocieron algunos detractores de la iniciativa y hasta Laurient Fabius, presidente de la cumbre en la que se formalizó el acuerdo.

De cualquier modo, siendo suficientes o lo contrario, las medidas se pusieron en marcha con el objetivo de que el calentamiento siga aumentando sólo hasta el año 2020. Y había optimismo hasta el 1 de junio de 2017. Ese día, Donald Trump anunció que Estados Unidos habría de retirarse del Acuerdo de Paris. Una de las razones que exponen Trump y la bancada republicana del congreso estadounidense es la necesidad de garantizar el crecimiento económico, pues de ello, según dicen, depende la generación de empleos. Obama suscribió el acuerdo en el año 2016 y todavía opina lo que entonces: que la transformación del modelo energético y el cuidado del medio ambiente son buenas posibilidades de crecimiento económico.

Estados Unidos encabeza, junto a China, la lista de los países más contaminadores. Arabia Saudita es el país cuyos representantes están explícitamente inconformes con las metas de las que trata el Acuerdo. Y aunque el resto de países comprometidos con la reducción de emisiones ha mantenido su posición, la negativa de Arabia Saudita y, especialmente, el retiro de Estados Unidos ponen en riesgo la sostenibilidad del proyecto, máxime cuando hay países que no tienen capacidad económica para adaptarse a los cambios que implica el calentamiento global ni pueden transitar hacia modelos sostenibles basados en el uso de energías limpias. Esos países dependen de la cooperación internacional, específicamente del Green Climate Fund, para el que Barak Obama había prometido destinar tres mil millones de dólares. La tercera parte de ese monto ya fue entregada, pero Trump ha retirado el apoyo. América para los americanos.

No parece haber muchas razones para creer que Estados Unidos deba solucionar los problemas de los países “en vías de desarrollo”. Pero, por eso mismo, debería hacer cada vez más retiradas, y dejar de extraer petróleo, por ejemplo, y cerrar algunas filiales, y desentenderse de tantos asuntos en los que suele fungir como juez y parte.

Las consecuencias del calentamiento habrán de ser evidentes a mediano y largo plazo. Es probable que la primera y más afectada sea la región tropical, de la cual no hacen parte los países europeos ni los árabes ni los norteamericanos. Esto no los exime del augurio trágico que concierne a la humanidad entera, que ha de sucumbir ante la sobreabundancia de carbono y la metástasis del “crecimiento económico”.

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