malicia en el país de las liebres

por: rayadura

04/12/2016

Todas las personas parecen contrariadas bajo el sol de mediodía, como si quisieran estar en casa pero debieran estar aquí, en la diecisiete, “la calle de los paisas”. El centro de Pasto se congestiona demasiado en vías y andenes, y cunde un humor pesado, una tensión que persiste.

En esta escena aparecen:

EL ESTAFADOR, cuyo propósito es, primero, convocar en poco tiempo –pues la ley acecha– a un número suficiente de espectadores. En segundo lugar, requiere que las personas apuesten. El resto es juego de manos, posible engaño, posible talento, azar, gente intrigada, la policía rondando por ahí. “¿Dónde, dónde está la bolita?”, canturrea el estafador mientras cambia de lugar las tres tapas de ambientador puestas sobre una caja de zapatos que hace las veces de mesa. El juego termina de repente. “Nadie gana”, dice el estafador; se levanta y se va. Aparentemente solitario, salta de una esquina a otra con la caja bajo el brazo.

LOS AYUDANTES, dos hombres que se han puesto de acuerdo con el estafador y fingen entusiasmo. Con tal actitud atraen a hombres, mujeres, adolescentes, adultos mayores que no intentan disimular la candidez ni la curiosidad que les embarga. Los ayudantes “apuestan” sumas inquietantes de dinero, billetes de veinte mil pesos, de modo que demuestran confianza en el juego.

LAS VÍCTIMAS, personas desprevenidas que el estafador y los ayudantes reconocen a kilómetros. La ciudad tiene un gran caudal de gente que necesita dinero y añora encontrarlo con el menor esfuerzo posible, ojalá sin producirlo, dando un paso rápido entre la esperanza y la fortuna. En este caso, la víctima es una mujer. Se aparta de las personas con quienes camina –un hombre adulto y otro en edad adolescente– y se dirige hacia el misterio: un corro de personas mira no se sabe qué cosa, y oculta algo que parece divertido. La mujer se inmiscuye, nota que es el famoso juego de las tres tapas y la bolita. Le parece que está a su alcance, que no tiene mayor dificultad. Es más, cuando el estafador termina de hacer su juego de manos, la mujer ha logrado ver dónde quedó la bola. En ese momento uno de los ayudantes finge indecisión. “Voy a apostar”, dice como para que lo escuche la mujer. Apuesta veinte mil pesos a que la bolita está bajo la tapa de la izquierda. La mujer sabe que eso no es verdad, pero guarda silencio. El estafador recibe el billete del hombre y le ordena que levante la tapa bajo la que cree que se encuentra la bola. El supuesto apostador obedece y se equivoca.

Entonces el estafador mira a la víctima, y con los ojos le dice: usted, mujer sumamente astuta como ninguno de los cafres que en este momento presencian el juego; usted, ama de casa que necesita dinero; usted tiene la respuesta. Y con la mano le dice: usted, sí, usted, acérquese. Y con la voz: “aquí hay personas más atentas ¿sí o no?”. De modo que la mujer se acerca. Como no está apostando y lo mismo le da errar o acertar, levanta la tapa del centro y, efectivamente, descubre la bola. De haber apostado habría ganado un par de billetes, pero en lugar de eso ha ganado confianza pues, quién lo creyera, ha superado en astucia al hombre cara de tahúr que tiene al lado.

El juego se reinicia. “¿Dónde, dónde está la bolita?”. La mujer, olvidando acaso que si este juego fuera tan sencillo no sería rentable para el estafador, saca del bolsillo veinte mil pesos porque piensa que los va a duplicar. Después de todo, es un poco ludópata, o sólo quiere confirmar que es ágil con los ojos, o de niña siempre fue a la feria y supo dónde estaba la bola, pero su madre no la dejó apostar, de modo que se aguantó las ganas hasta hoy. Por cualquier razón, cree fervorosamente que es capaz de ganar y es tan víctima del estafador como de sus propias ínfulas.

EL CORO. Los acompañantes de la mujer –el adolescente y el otro– la siguieron cuando se dejó tentar por el juego, pero no pensaron que sería capaz de apostar, igual que cuando se acerca a una vitrina y, después de saborearla con la mirada, la deja atrás. Sin embargo, al ver que la mujer acierta la primera vez, se interesan. Ahora ella les da confianza a ellos y ellos la reflejan. Ya tiene el billete en la mano y la certeza de que la bolita está bajo la tapa de la derecha. Vuelve la mirada hacia ellos y recibe una alzada de hombros que podría significar “no tenemos motivos para oponernos; apuesta si quieres apostar”, pero también “si no nos oponemos es porque creemos que puedes ganar”. El joven y el adulto se dejan llevar y quieren participar de la aventura, de modo que, cuando el estafador hace el ademán que autoriza escoger la tapa ganadora, dicen que es la del centro, pero la mujer no les hace caso, y ellos, que no son necios porque les falta valor para creer algo en serio, hacen poco por insistir, se tragan la certeza. Pero entonces, ¡Ay!, ¡escoge la tapa equivocada y pierde por no escucharlos…! Le dicen que estaba bajo advertencia, que debía levantar la tapa del centro, que debe aprender a ser menos afanada y que esos veinte mil pesos habrían servido para un sinnúmero de antojos o necesidades.

A Eva, tan confiada que estaba hace un momento, ahora, de repente, le cierran en la cara la puerta del paraíso. Todo fue una ilusión, un artificio que le cuesta reconocer. Decir que todo fue trampa no sirve para nada cuando el estafador, como si alguien lo persiguiera, levanta el cartón sobre el que hace lo suyo y se larga diciendo “bueno, entonces los entretengo más tarde”. Nadie puede reclamar nada. Los ayudantes se van, uno en una dirección y otro en la opuesta, porque no pueden abandonar su papel hasta que se cierre el telón, cosa que, claro, es apenas una forma de decirlo porque aquí no hace falta cerrar ningún telón. Basta con que pasen el tiempo y el tumulto, y dos minutos después, una cuadra más allá o más acá, se reúnen de nuevo los actores para poner en escena el mismo guión. La ciudad fluye y las moscas olvidan el aspecto de la telaraña.